El problema de la basura espacial: la herencia que dejamos en el cielo.
Hay una frase que repito a menudo: los seres humanos dejamos huella allí donde posamos el pie… o nuestras naves espaciales. La contaminación, esa sombra que acompaña a nuestra civilización desde que aprendimos a fabricar fuego, ha llegado también al espacio. Allá arriba, a cientos de kilómetros sobre nuestras cabezas, orbita una nube invisible y peligrosa de desechos. Tornillos, trozos de cohetes, satélites moribundos que siguen girando sin rumbo. Es la basura espacial, la nueva frontera del descuido. Desde que en 1957 el Sputnik inauguró la era espacial, la órbita terrestre se ha ido poblando de objetos de todo tipo. Hoy se calcula que más de 130 millones de fragmentos de distinto tamaño rodean la Tierra. Los hay grandes como un autobús, pequeños como un grano de arena. Y todos viajan a velocidades que rozan los 30.000 kilómetros por hora, siete veces más rápido que una bala. A esa velocidad, una simple arandela puede perforar el fuselaje de una nave o dejar fuera de servicio un s...