La misión Beresheet y los tardígrados
Es una
cuestión ética. Y, además, era una posibilidad. Esas cosas pasan. Cuando
diseñas un proyecto de investigación científica en el espacio, tienes que tener
analizadas todas las posibilidades. Y tener en cuenta que algo salga mal, es
algo básico. Está en todos los manuales. De hecho, todo puede salir mal. O,
mejor dicho, todo va bien, hasta que algo sale mal. Y, entonces, la misión se
va al traste, con todas sus consecuencias. Pero es una cuestión ética. Y lo que
pasó, sin duda, era una posibilidad.
Aunque desde
1980 Israel ha estado involucrado en el desarrollo y lanzamiento de satélites
(en 1988 lanzó su primer satélite para observación y defensa), nunca había
organizado una misión a la luna. Siempre hay una primera vez. Y, en este caso,
el ordinal hacía referencia también a los asuntos económicos: iba a ser la
primera misión a la luna financiada de forma privada en la historia de la
tecnología aeroespacial. Lo fue de hecho. Porque los acontecimientos ocurrieron
en 2019. Y la misión de la que hablo es la Beresheet, ‘Génesis’ en hebreo.
Así pues, el
22 de febrero de 2019, despegaban desde Cabo Cañaveral, a bordo de un cohete
SpaceX Falcon 9, los 585 kilos de la sonda Beresheet construida por SpaceIL e
Israel Aerospace Industries. Con un plan de diseño claro de asistencia
gravitacional, al despegar, la Beresheet entró en una órbita elíptica alrededor
de la Tierra. La idea del plan era ir agrandando progresivamente esa órbita
realizando una serie de encendidos del motor Así, la Beresheet utilizó nuestro
planeta para aumentar su velocidad y cambiar su trayectoria ahorrando
combustible, hasta que fuera atrapada por la gravedad lunar, hecho que ocurrió
el 4 de abril de 2019, convirtiendo a Israel en el cuarto país en alcanzar esa
meta.
El 11 de abril
todo estaba listo para que Beresheet iniciara su descenso al Mare Serenitatis,
un cráter de unos 700 km de diámetro, cercano al Mare Tranquillitatis, lugar
donde el ser humano puso el pie por primera vez en la luna en la misión del
Apolo 11. Como datos curiosos acerca del lugar previsto para alunizar por la
sonda israelí, podemos decir que se cree que esta llanura basáltica (con más
titanio que la media) se formó hace unos 3,9 mil millones de años tras el
impacto de un objeto muy masivo. Por cierto, el Apolo 17, la última misión
tripulada a la luna, alunizó justo en el borde de este mare, en el valle
Taurus-Littrow. Pero no perdamos el foco, que empieza lo interesante.
El 11 de
abril, decía, todo estaba listo para que Beresheet iniciara su descenso al Mare
Serenitatis. Y, justo entonces, comenzaron los problemas. Lo primero que falló
fue un giroscopio de los tres que llevaba la nave espacial. La misión de un
giroscopio es controlar la orientación de la nave en el espacio, lo cual es
bastante útil de cara a realizar con éxito maniobras orbitales y, por supuesto,
el alunizaje final. Se trata, en definitiva, de un componente vital para
mantener la estabilidad de la nave. Este fallo ocurrió en una fase crítica del
descenso. Al fallar el giroscopio, el sistema entero se reinició lo cual
desactivó temporalmente el motor principal que estaba en marcha frenando la
nave.
La velocidad
de una nave espacial varía mucho a lo largo del viaje y más si, como la
Beresheet, se hicieron varias asistencias gravitacionales para darle impulso
con un ahorro considerable de combustible. Pero es interesante el detalle de
que, cuando inició su descenso a la luna, la nave viajaba a unos 5760 km/h y,
si todo hubiera ido bien, tendría que haber llegado a la luna a velocidad de 0
km/h. Aquí siempre se da un margen que permite alunizar a una nave si va a menos
de 18 km/h, aunque esto, obviamente, depende de cada misión. Pero, al pararse
el motor principal que estaba frenando la nave, ésta tocó “luna” a una
velocidad estimada de entre unos 500 y 900 km/h. Se perdió comunicación con la
nave cuando estaba a unos 150 m del suelo.
Y la Beresheet
se estrelló con toda su carga que incluía un pequeño disco de níquel del tamaño
de una moneda grande (pensado precisamente para resistir en la luna). Este
disco, a modo de cápsula del tiempo, tenía unos milímetros de grosor pero
contenía gigabytes de información grabada microscópicamente: desde una copia de
la Wikipedia en inglés, hasta cientos de libros, diccionarios, documentos
históricos, información sobre Israel y la humanidad, fotografías, dibujos que
hicieron niños israelíes sobre el espacio, una biblia hebrea completa, una
bandera de Israel y canciones populares y los nombres de los ciudadanos que
apoyaron el proyecto.
Pero también
llevaba una carga vital con la idea de realizar un experimento del cual dicen
que SpaceIL no tenía conocimiento en el origen de la misión… Y, cuando digo
vital, me refiero a eso mismo: seres vivos: tardígrados deshidratados. He aquí
la cuestión ética. ¿Puede una misión espacial llevar seres vivos a otro cuerpo
celeste a riesgo de contaminarlo con vida terrestre? Quiero pensar que esta
situación habría sido impensable para los diseñadores de la misión si el lugar
de aterrizaje hubiera sido Marte. La luna es un caso, a priori, distinto. La
ausencia de atmósfera, agua y nutrientes nos hace pensar que la luna es un
cuerpo estéril y hostil para la vida.
En el caso de
Marte, cuando se diseñaron tanto las misiones soviéticas Mars 1 (1962), Mariner
4 (1964) y Mars 2 y 3 (1971) y las americanas Viking 1 y Viking 2 (ambas, 1975),
las sondas fueron cuidadosamente esterilizadas para evitar contaminar Marte con
vida proveniente de la Tierra. Hay que tener en cuenta que existen extremófilos
que tendrían alguna oportunidad en un ambiente marciano. No digo que puedan
sobrevivir mucho tiempo, pero tampoco lo niego. Se habla incluso de una especie
de liquen, el Diploschistes muscorum, que podría sobrevivir en Marte.
La luna no es
Marte y las condiciones serían muy diferentes para los tardígrados de la
Beresheet. Pero analicemos un poco la situación para ver qué puede haber
sucedido con los tardígrados estrellados. En primer lugar, gracias al satélite
LRO (Lunar Reconnaissance Orbiter) sabemos que los restos del choque se
esparcieron unos cien metros a la redonda, puesto que este satélite de la NASA
logró fotografiar la zona del impacto el 22 de abril. Los restos del choque
incluían a los tardígrados, esos seres microscópicos de aproximadamente 1mm de
tamaño, con cuatro patas que terminan en garras, una boca, un intestino que
tiene su propia microbiota, dos ojos la mayoría de ellos y, por supuesto,
neuronas.
Aunque son
seres que viven en ambientes acuáticos, se han encontrado en todo tipo de
ambientes, hasta en nuestras ciudades. Se alimentan principalmente de
microalgas, como la Chlorella y se reproducen sexual o asexualmente, mediante
partenogénesis e incluso hermafroditismo. Eso sí: para reproducirse necesitan
estar rodeados de una película de agua. Y, una vez que el huevo ha eclosionado,
suelen vivir de 3 a 30 meses. Hay más de 1400 especies de tardígrados
estudiadas a lo largo y ancho del planeta y hasta se ha encontrado un fósil de
más de 92 millones de años, de la época del Cretácico, hallado en ámbar, en
Estados Unidos. Por la datación, sabemos que compartió planeta con el
Tiranosaurio Rex, el Velocirraptor, vamos, con todos los de parque Jurásico
que, en realidad, debería llamarse parque Cretácico.
Uno de los
puntos fuertes del tardígrado como extremófilo en cuanto a resistencia es que
son capaces de detener su metabolismo, perdiendo hasta el 95% del agua de su
cuerpo. Algunas especies, además, son capaces de sintetizar un azúcar, la
trealosa, que utilizan como anticongelante, además de actuar como un vidrio
molecular que impediría que las células colapsasen en el caso de deshidratación
extrema. En estos casos extremos de deshidratación, el tardígrado hace
desaparecer sus patas, quedando únicamente las garras y se mantienen así hasta
las condiciones para la vida vuelven a ser favorables.
En
experimentos, se ha visto que un tardígrado deshidratado puede sobrevivir
durante algunos minutos a 272 grados bajo cero de frío extremo o a 150 grados,
de calor también extremo. También sobreviven a altas dosis de rayos gamma. Para
que nos hagamos todos una idea, 10 Grays son mortales para un ser humano: un
tardígrado puede resistir de 1000 a 4400 Gray (un Gray es un julio de energía
absorbido por cada kilogramo y un julio de energía es la cantidad de energía
necesaria para subir un gramo de agua, un grado centígrado). Los que no
sobreviven a ningún tipo de radiación son los huevos, eso sí.
¿Hay por tanto
vida ahora mismo en la luna? La pregunta no es baladí, visto lo visto. Los
tardígrados que hubieran sobrevivido al choque tendrían que soportar
temperaturas que oscilarían entre los 190 bajo cero en las noches lunares, y
los 120 durante el día, tendrían que vivir deshidratados ante la ausencia de
agua y no dispondrían de su alimento en forma de microalgas. En cuanto a la
radiación, eso no sería un problema porque apenas sería de un Gray.
Pero, ¿podría
algún tardígrado haber sobrevivido al choque? Con esto se han hecho también
experimentos curiosos estrellando tardígrados contra arena a diferentes
velocidades. Se ha visto que la velocidad límite en la que ejemplares
congelados lograban sobrevivir es de 2600 km/h o menos. Es decir, si el choque
se produce a más de 2600 km/h, el tardígrado no sobrevive. Como vimos, el
impacto de la sonda se produjo entre 500 y 900 km/h, luego al alunizaje forzoso
sí que habrían podido sobrevivir.
Por tanto, al
impacto contra la luna seguro que sobrevivieron, pero el resto de condiciones
son demasiado extremas como para que hayan podido sobrevivir y reproducirse. Lo
que sí está claro es que hay tardígrados seguramente en estado “inactivo”,
latente y a la espera en la luna. Y, ¿no es eso un ser vivo acaso? ¿No hemos,
por tanto, contaminado la luna con vida de la Tierra? Llevar los tardígrados a
la luna ha sido, ante todo, una irresponsabilidad éticamente inaceptable.
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