Astronomía Forense: los meteoros de Whitman; Rubens y Saturno.
Hay unos versos escritos por Walt Whitman (1819-1892) que no dejan de sorprendernos si los analizamos bien. Se trata del poema “Año de meteoros”, de la colección “Hojas de Hierba”. Dejo aquí un extracto:
No me olvido de
cantar acerca de cómo se movía [el barco] rápidamente y rodeada de decenas de
miles de pequeñas naves,
Ni del cometa que
surgió repentinamente y ardiendo por el norte,
Ni de la extraña y
gigante procesión de meteoritos que pasaba, deslumbrante, por encima de
nuestras cabezas,
Sólo por un momento,
sólo por un momento guió a sus bolas de luz extraterrestre sobre nuestras
cabezas, y después se fue
De ello, e irregular
como lo eran ellas, canto, con sus destellos, que iluminarían estos cantos.
¡Oh año salpicado del
mal y del bien – año de profecías!
¡Año de extraños y
pasajeros cometas y meteoritos!
Y mientras me muevo
rápidamente entre vosotros, destinado a caer y a ser olvidado rápidamente, ¿qué
es este canto?
¿Qué soy yo sino uno
más de tus meteoritos?"
Para cualquiera, aficionado o no a la astronomía,
estos versos describen una lluvia de meteoros claramente. Uno siempre puede
preguntarse si lo que describe Whitman ocurrió realmente y buscar en los
registros algún suceso similar que se ajuste a las fechas de composición del
poema. De hecho, durante un cierto tiempo se pensó que los meteoros descritos
por Whitman en su poema hacían referencia a la lluvia de estrellas de las leónidas
de 1858. Otros, por el contrario, pensaron en una bola de fuego que fue vista
en los cielos de Estados Unidos hacia 1859. Ambos fenómenos tenían un problema
y es que no cuadraban con las fechas de composición del poema (1860). El
segundo fenómeno, además, ocurrió de día, mientras que en el poema de Whitman,
se da a entender que el suceso ocurrió en la noche. Este primer análisis ya es
una muestra de lo que podemos hacer con la astronomía forense, el CSI de la
astronomía. Los astrónomos forenses tratan de poner fecha y lugar a eventos
astronómicos escritos o pintados. Es una labor que mezcla historia, con arte y
con ciencia y que puede depararnos ratos inolvidables.
El poema de Whitman ha sido analizado por el astrónomo e investigador de la
Universidad Estatal de Texas, Donald Olson. Se podría decir que Olson es un
astrónomo forense y lleva más de diez años investigando acontecimientos que
aparecen pintados en cuadros, tratando de localizar en los registros aquello
que el pintor quiso reflejar en sus pinturas. Y lo hace con acierto. Un buen
ejemplo de ello lo tenemos en el cuadro “Casa Blanca de Noche”, de Vincent Van
Gogh (1853-1890). En la magnífica obra vemos una casa en la noche y sobre la
misma, en el cielo, una estrella muy brillante. Olson fue capaz de localizar la
casa que pintó Van Gogh y descubrir que la estrella no era tal, sino el planeta
Venus. Planeta que Van Gogh pintó exactamente en la localización que el mismo
tenía sobre el cielo el día 16 de junio de 1890.
Pero regresemos a Whitman y a su poema “Año de Meteoros”. Lo cierto es que
Olson le dedicó mucho tiempo de investigación al mismo, buscando en todos los
archivos en los que pudo. Encontró cerca de 300 registros de observaciones del
evento descrito por el poeta. También encontró registros en la prensa escrita
de la época: no había un periódico en Norteamérica que no mencionara la
procesión de meteoros. Y no sólo eso: encontró, además, un cuadro de Frederic
Church, de la escuela Hudson River, en Nueva York, titulado “El meteoro de
1860”. La fecha, en el nombre del cuadro, es esclarecedora. Además, el cuadro
refleja exactamente la escena que describe Whitman en su poema: se ven
claramente dos bolas de fuego que se reflejan en el agua seguidas de una
procesión de bolas de fuego más pequeñas, que viajan horizontalmente a lo largo
de todo el paisaje.
El cuadro le sirvió a Olson para poner fecha exacta al evento astronómico:
ocurrió exactamente el 20 de julio de 1860 y el suceso no fue otra cosa que un
meteoro de “pastoreo”. Los meteoros de pastoreo atraviesan la atmósfera sin
llegar a caer a tierra, de ahí que no sean meteoritos como tales (un meteorito
siempre toca suelo). Pueden llegar a sobrevolar los cielos durante más de un
minuto, por lo que es muy probable que aquel evento de 1860 fuera visto por
decenas de miles de personas, entre ellos Walt Whitman y el pintor Frederic
Church, que no perdieron la oportunidad de inmortalizar los hechos cada uno a
su manera.
Olson publicó sus resultados en la revista Sky & Telescope. Un claro
ejemplo de astronomía forense, una ciencia divertida, que mezcla las artes y
las ciencias con la intuición detectivesca y que nunca deja de depararnos
sorpresas y curiosidades resueltas.
Rubens y Saturno
Vivimos una sociedad muy especializada donde parece ser que el
científico no debe saber de arte y el artista pocos conocimientos de ciencia
debe tener. Y en cierto modo, aunque me duela, es así. El nivel de
tecnificación, por decirlo de alguna manera, de la ciencia es tal, que entre
los propios científicos cada uno es especialista en lo suyo y es complicado
pretender que un neurocientífico sepa de astronomía y viceversa.
Y hablo, pues, del mundo que conozco: el de la ciencia, siendo, por tanto, un
ejemplo más de ello. Pero al final, los que tenemos una cierta curiosidad por
las cosas, sea uno científico o no, buscamos en el arte y las letras el
entretenimiento y el conocimiento.
Visitar el museo del Prado con la intención de deleitarse en el arte nos
puede deparar muy gratas sorpresas en el mundo de la ciencia. Por ejemplo,
podemos descubrir la historia de la ciencia en los cuadros pintados por
artistas de otras épocas; podemos analizar la evolución de la astronomía
y del pensamiento científico y cosmológico mientras admiramos cuadros de Rubens
o Murillo. Puede considerarse casi un ejercicio de Astronomía Forense, pero
también lo es, ¿por qué negarlo?, un ejercicio placentero, relacionado con la
historia del arte. Al final, no me cansaré de decirlo, ciencia, arte, historia,
literatura… todo ello está relacionado y es una pena no empaparse al máximo de
todos estos campos del saber.
Pero queríamos visitar el museo del prado y concretamente un monstruo de la
pintura, que nos va a llevar con su pincel a descubrir la astronomía. Buscamos
entre salas repletas de lienzos, uno de Rubens (1577-1640). Nos llama la
atención el cuadro que contemplamos porque representa una escena mitológica.
Vemos un anciano devorando un niño. Se trata de “Saturno devorando a su hijo”.
La escena representada es cruel y casi podemos sentir el dolor del niño
mientras Saturno le arranca el pecho a mordiscos. Un par de salas más allá
podemos encontrar el cuadro que pintó Goya con el mismo motivo. Saturno es un
anciano con una hoz que representa el paso del tiempo, el dios griego
Cronos.
La mitología nos cuenta una historia terrible. Saturno, conocedor por la
profecía de que uno de sus hijos lo destronaría como el señor de los dioses,
decide evitar el cumplimiento de la misma comiéndose a sus hijos recién
nacidos. Hasta que su esposa, harta de que el dios devore a sus hijos, decide
esconder a Júpiter. Para ello, engaña a Saturno enviándole una piedra
envuelta en un pañal en vez de a su propio hijo. Saturno devoró la piedra
pensando que devoraba a Jupiter, que pudo crecer alejado de su padre y su voraz
apetito parricida. Una vez adulto, Júpiter se dedicaría a destronar a su padre
tras una larga contienda.
Si nos fijamos bien en el cuadro descubriremos tres estrellas en el
centro, en la parte superior. La estrella central brilla más que las otras
dos, que están casi pegadas a la más brillante. ¿Qué representan esas tres
estrellas? Rubens nos ha pintado el planeta Saturno tal y como apareció a
los ojos de Galileo en 1610. Tal y como aparecía a los ojos de sus
contemporáneos a vista de telescopio. Esas tres estrellas no son otra cosa que
Saturno y sus anillos. La calidad de los telescopios astronómicos en la época
de Galieo y Rubens no permitía observar los anillos tal cual los vemos hoy en
día: es decir, como unos anillos alrededor de Saturno. No fue hasta 1655
cuando Christiaan Huygens fue capaz de construir un telescopio con
calidad suficiente como para poder comprender que aquellos dos puntos de luz al
lado de Saturno era en realidad un anillo que rodeaba el planeta.
Así pues ese cuadro nos muestra cómo vio Galileo los anillos de Saturno.
Seguramente fue Galileo el primer ser humano en contemplar esa maravilla,
aunque no fuera consciente de lo que estaba viendo. De hecho, si uno analiza
bien los apuntes originales de Galileo, se ve claramente como el gran
científico italiano intuye la existencia de los anillos, pero el pisano no
tenía, ni podía tener, elementos suficientes para comprender lo que estaba
observando con su telescopio recién construido. Los anillos, con el paso del
tiempo, van cambiando de posición y, aunque Galileo tenía todas las piezas del
puzzle, era imposible que las encajara adecuadamente.
Rubens, fiel al conocimiento de su época, pintó el Saturno que todos podían
ver mirando por el telescopio. El cuadro fue pintado alrededor de 1636,
más de 20 años después de la primera mirada que echó Galileo al planeta y casi
20 años antes de que Huygens diera con la tecla. Pero aún así, es muy
interesante cómo el pintor nos muestra los conocimientos de la época en su
cuadro. Podría haber pintado Saturno como un punto luminoso, pues así se
veía y ve a simple vista. Pero decidió pintar lo que la ciencia decía que era
en realidad Saturno en aquel entonces: algo más que un punto brillante; una
estrella rodeada de dos estrellas más pegadas a ella.
Además, cuando tuvimos tecnología suficiente como para medir las masas de
los planetas, descubrimos que Júpiter es el rey de los planetas y sólo Saturno
se le acerca, aunque muy de lejos y sin capacidad de rivalizar con él. También
Saturno perdió en la vida planetaria como lo hizo en la mitológica y tuvo que
rendirse ante Júpiter.
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