Leonardo Torres Quevedo (1852-1936): el ingeniero español que anticipó el futuro.
Si tuviera que
elegir una figura que encarne la transición entre la ingeniería clásica del
siglo XIX y la ingeniería moderna del siglo XX a nivel mundial, ese nombre
sería, sin duda, el del español Leonardo Torres Quevedo (1852–1936). Ingeniero
de caminos, matemático autodidacta en muchos aspectos y visionario tecnológico,
su obra constituye un caso excepcional por su anticipación en cuestiones muy
diversas entre sí, como el control remoto o la computación, décadas antes de su
consolidación real.
Torres Quevedo nació en 1852 en Santa Cruz de Iguña (Cantabria), en una familia vinculada a la ingeniería, cuyo padre era ingeniero de caminos. Esta circunstancia no menor, le situó desde joven en un entorno donde la ingeniería no era sólo un oficio, sino una forma de entender el mundo. Además, nunca tuvo problemas económicos, al ser nombrado heredero de unos parientes lejanos. Fue a estudiar el bachillerato a París y el trabajo de su padre haciendo ferrocarriles le permitió viajar por mil y un lugares. Decidió estudiar ingeniería de caminos, algo que llevaba claramente en la sangre. Y estudiar ingeniería de caminos era, en aquel entonces, como hacer un doble grado ahora de física y matemáticas: con esa formación podías ser presidente del gobierno, ganador de un nobel de literatura o un prodigioso inventor.
Esto le permitió conocer de primera mano multitud de problemas de
ingeniería cuya resolución le llevó a realizar infinidad de inventos. Un
francés, presidente de la Sociedad Matemática de Francia, en 1930, en las
páginas del diario Le Figaro, se preguntaba si acaso no deberíamos considerar a
Leonardo Torres Quevedo como el más prodigioso inventor de
su tiempo. Y su tiempo no fue otro que el de Alexander Graham Bell
(1847-1922), Nikola Tesla (1856-1943), Guglielmo Marconi (1874-1937) o el
propio Thomas Alva Edison (1847-1931). Que un francés te sitúe como el más
prodigioso entre estos grandes no es baladí.
Curiosamente y antes de entrar en materia, nació 400 años después de su
homónimo da Vinci y el mismo año que Cajal y Gaudi, máximos representantes de
la ciencia y la arquitectura españolas.
En 1903 presentó al mundo el Telekino, un sistema capaz de transmitir
órdenes a distancia mediante ondas electromagnéticas. No era un simple sistema
para enviar señales: eso ya existía en aquella época, sino algo mucho más
complicado, con un receptor que era capaz de interpretar comandos y ejecutaba
las órdenes que recibía. De hecho, en una demostración que realizó en la
Academia de París, fue capaz de teledirigir un coche eléctrico (sí ya existían
por aquella época este tipo de artilugios, mal rayo los parta). En el puerto de
Bilbao hizo otra demostración dirigiendo un barco desde tierra sin tripulación.
El Telekino, por tanto, sería como el antecesor del control remoto moderno y la
robótica. No es nada complicado asociar este invento con los drones actuales,
que siguen el mismo concepto, los sistemas autónomos, y cualquier comunicación
entre máquinas.
Y, ya que estamos, en el campo de la computación hizo avances muy
relevantes. Por ejemplo, fue capaz de diseñar y construir máquinas capaces de
resolver ecuaciones algebraicas y realizar cálculos complejos. Estas máquinas
eran, obviamente, analógicas. No eran digitales. Se basaban en mecanismos
físicos. Pero lo relevante aquí es la idea de realizar cálculos con una máquina
de una manera general. Esto lo situaría a la cabeza de la computación del siglo
XX. Y hay un aspecto interesante que le diferencia profundamente de su
antecesor Leonardo da Vinci. El italiano nunca construyó ninguno de sus
inventos. Eran sólo esbozos dibujados en papel. Torres Quevedo construyó todos
y cada uno de sus inventos. Los pensó, los diseñó y los construyó para
confirmar que funcionaban. Su independencia económica fue de gran ayuda, cierto
es.
En 1912 presentó una máquina capaz de jugar fases finales del ajedrez (Rey
y Torre blancas contra Rey negro, por ejemplo). No era un truco, ni magia
(luego vuelvo sobre este punto): El Ajedrecista, pues así se llamaba su
invento, detectaba la posición de las piezas, tomaba decisiones y ejecutaba por
sí mismo las jugadas correctas hasta que Rey y Torre daban mate al Rey
adversario. Más adelante perfeccionó su invento añadiéndole un gramófono y un
disco, lo que le permitía al Ajedrecista, hablar dando la voz de “jaque”.
Podemos, sin duda, considerarlo como el primer dispositivo de inteligencia
artificial de la historia.
En el ámbito de la ingeniería aeronáutica, desarrolló un innovador sistema
estructural para los dirigibles: el conocido sistema Astra-Torres. Daba mayor
estabilidad y mejor control estructural hasta el punto de que los dirigibles
que se fabrican hoy en día siguen su metodología. Leonardo estudió los
problemas que otros estaban teniendo en la fabricación de dirigibles y cambió
la forma de construirlos haciendo que, al colgar la barquilla, el peso quedaba
distribuido uniformemente, eliminando los elementos metálicos y situando una
suspensión interior y triangular. Este mecanismo lo desarrolló Torres
Quevedo entre 1902 y 1908.
Uno de sus logros más visibles y que sigue trabajando hoy como el primer
día es el transbordador del Niágara (1916). Hasta aquel entonces, los
teleféricos se utilizaban para transportar maderas en laderas de montañas, pero
no se admitía el transporte de seres humanos. El motivo era la peligrosidad.
Cuando Torres Quevedo decide abordar este problema ya se había inventado en
Alemania el cable de acero. Entonces, lo primero que hace Leonardo es sustituir
el cáñamo por cables de acero. El problema de los cables de un teleférico de la
época es que estaban sometidos a diferentes tensiones que terminaban por romper
los cables. Por eso no se permitían para el uso humano. Que un cable trabaje a
tensión variable es un problema. Pero si trabaja a tensión constante y está
dentro de unos márgenes adecuados, un cable de acero es irrompible. Leonardo
concibió un sistema redundante de seis cables.
Cuando la barquilla se desliza entre estaciones, si los dos extremos están
fijos, vemos como las fuerzas que actúan sobre la barquilla van cambiando de
dirección y tensión. Pero si liberamos uno de los extremos y lo hacemos pasar
por una polea poniendo un contrapeso en el otro lado, la tensión sobre el cable
pasa a ser constante. El cable no sufre y para desplazar la barquilla tan sólo
hay que hacer que el contrapeso suba o baje, pero siempre estará a la misma
tensión. Esto va a hacer que sea muy difícil que se rompa el cable. Si, además,
ponemos seis cables en vez de uno solo, la redundancia te permite tener la
certeza de que no va a ocurrir nunca un accidente.
Este sistema lo montó una empresa española, con capital español, con la
patente española de Leonardo y manteniendo España la explotación hasta los años
sesenta del siglo pasado, en el Niágara, en la parte canadiense del río. Aunque
se pensó construirlo sobre la catarata, había ciertos problemas técnicos y
también burocráticos de visados y pasaportes, que impidieron su construcción en
ese lugar. Finalmente, se construyó cinco kilómetros aguas abajo, donde el río
hace varios remolinos, entre una orilla canadiense y otra orilla canadiense,
pero cruzando por EEUU cuando vas en el aire. Mide 550 metros y sobrevuela
toneladas de agua del río a unos 76 metros de altura. Sigue funcionando y en
110 años no ha tenido nunca ningún accidente. Rojo y gualda son sus colores.
Magnifico homenaje a España en el Niágara.
Fue miembro de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y
su prestigio fue considerable en vida, especialmente en Francia. En España
somos así: pensad que cuando hizo su demostración en Bilbao del Telekino, mucha
gente pensó que ese trataba de un truco de magia. Lo cual me recuerda una frase
de Arthur C. Clarke “Toda tecnología suficientemente avanzada, es
indistinguible de la magia”. (Como prometí, volví sobre ese punto).
Por cierto, prototipos
de “El Ajedrecista” y del Telekino pueden verse hoy día en del Museo Torres
Quevedo, situado en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos de la
Universidad Politécnica de Madrid.
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