Nuestra incansable búsqueda de vida fuera de la Tierra: k2-18b.
Desde hace siglos, la humanidad ha mirado al cielo preguntándose si la vida es un fenómeno exclusivo de la Tierra o, por el contrario, una consecuencia natural de la evolución del cosmos. La pregunta ha acompañado a filósofos, astrónomos y escritores desde la antigüedad, pero sólo en las últimas décadas la ciencia ha comenzado a disponer de herramientas capaces de abordarla experimentalmente.
La detección de exoplanetas (planetas que orbitan otras estrellas) ha
transformado profundamente nuestra visión del Universo. En apenas treinta años
hemos pasado de no conocer ningún mundo fuera del Sistema Solar a catalogar más
de cinco mil. Algunos son gigantes gaseosos abrasados por sus estrellas; otros,
pequeños mundos rocosos como nuestra Tierra; y unos pocos se sitúan en una
región particularmente sugerente: la llamada «zona habitable», donde podrían
existir temperaturas compatibles con agua líquida.
En la zona habitable de nuestro Sistema Solar nos encontramos nosotros,
pero también se encuentran Venus y Marte, planetas que son muy diferentes al
nuestro. Aunque, cierto es que, en su origen, hace miles de millones de años,
tenemos la impresión de que los tres eran mucho más similares entre sí. Pero distintos
factores hicieron que Venus y Marte evolucionaran de manera muy diferente a
cómo es la Tierra hoy en día.
También es importante destacar que en nuestro Sistema Solar hay candidatos
a tener vida que no están precisamente en esa zona habitable. Hablo de lunas de
Júpiter, como Europa, Ganímedes y Calisto; y de lunas de Saturno, como Encélado
y Titán. Todas ellas fuera de la zona habitable, pero que tienen tres
ingredientes básicos para la vida: energía (la obtienen de las mareas generadas
por las fuerzas gravitatorias de sus planetas), agua líquida (debajo de la
costra de hielo que muestran en su superficie suponemos la existencia de agua
líquida debido al calor interno generado por esas fuerzas de marea); y
compuestos químicos complejos necesarios para la química orgánica del carbono
en la que se basa la vida.
Después de esta pequeña digresión, volvemos al mundo de los exoplanetas,
pero no al mundo de “todos” los exoplanetas, sino a los que realmente nos
interesan desde un punto de vista de la astrobiología. Y en ese sentido, K2-18b
se ha convertido en uno de los objetos más estudiados de la astronomía actual.
La razón no es únicamente su tamaño o su temperatura, sino la posibilidad (todavía
muy discutida) de que en su atmósfera existan moléculas potencialmente
asociadas a procesos biológicos.
Uno podría preguntarse si estamos ante la detección, por primera vez en la
historia, de vida extraterrestre. La respuesta corta es no. Ni siquiera estamos
cerca de ello. Pero lo que sí que es indudable es que estamos ante uno de los
primeros ejemplos en los que la tecnología comienza a ser capaz de analizar
químicamente la atmósfera de un planeta situado a más de cien años luz de
distancia. Sólo eso, en sí mismo, es una auténtica revolución.
K2-18b se descubrió por el método del tránsito en 2015 utilizando el
telescopio espacial Kepler justamente cuando se encontraba en su misión
extendida conocida como K2. El planeta orbita una estrella enana roja en la
constelación de Leo, situada aproximadamente a 124 años luz de la Tierra. Que
la estrella sea una enana roja es importante porque ese tipo de estrellas son
más pequeñas y frías y son muy abundantes en nuestra galaxia precisamente
porque viven mucho más tiempo.
La reducción en la luminosidad de la estrella al paso de k2-18b es muy
pequeña, pero suficiente para se pudiera estimar el tamaño del planeta e
incluso poder calcular su periodo orbital. Cuando los datos de k2-18b fueron
analizados, el planeta llamó rápidamente la atención de los astrónomos por
varias razones: tiene aproximadamente 8 masas terrestres y un radio unas 2,6
veces el de la Tierra. Las enanas rojas emiten menos radiación que una estrella
normal, por lo que su zona de habitabilidad está más cerca de la estrella y la
energía que recibe k2-18b por su posición orbital es compatible con temperaturas
moderadas similares a las de nuestro planeta.
A pesar de su parecido con la Tierra, para algunos astrónomos k2-18b entra
en la categoría de otro tipo de planetas: los subneptunos, mundos mucho mayores
que la Tierra pero no tan grandes como Neptuno y que muy posiblemente contienen
densas atmósferas ricas en hidrógeno. Para otros astrónomos, k2-18b pertenece a
una categoría teórica que se conoce como planeta Hiceánico o Hiceano, una combinación
de las palabras hidrógeno y océano. Esto es así porque los planetas que
pertenecen a esta categoría teórica (hasta donde yo sé, todavía no se han
confirmado planetas de este tipo), están cubiertos por océanos líquidos
envueltos en una atmósfera rica en hidrógeno.
Pero K2-18b no se ha hecho famoso por los datos anteriores. En realidad,
k2-18b se ha convertido en el exoplaneta más estudiado ahora mismo cuando se
apuntó hacia él al telescopio espacial James Webb. Lanzado al espacio en
diciembre de 2021, el James Webb constituye el mayor salto tecnológico en la
astronomía observacional tras el lanzamiento del telescopio espacial Hubble. Su
enorme espejo de 6,5 metros (el del Hubble es de 2,5 metros) y su sensibilidad
espectroscópica le permiten analizar atmósferas de exoplanetas con una
precisión que no podíamos soñar hasta hace poco.
Cuando un planeta pasa por delante de su estrella, una pequeña fracción de
la luz que viene de la estrella atraviesa la atmósfera del planeta y llega a
nuestros telescopios. Las moléculas presentes en la atmósfera absorben ciertas
longitudes de onda y dejan visible una especie de huella digital espectral que
nos permite identificar esas moléculas y, por tanto, conocer la composición de
la atmósfera del planeta. Y cuando se analizó k2-18b se encontró vapor de agua,
metano y dióxido de carbono. Estos tres compuestos son muy interesantes desde
un punto de vista químico, pero poco más.
El bombazo entre los astrobiólogos vino cuando unos investigadores
sugirieron la posibilidad de haber encontrado una posible señar espectroscópica
compatible con una sustancia de nombre extraño: el dimetilsulfuro o DMS. Y esto
revolucionó a los astrobiólogos porque el DMS se considera un biomarcador: es
una molécula basada en el azufre que, en la Tierra, es producida casi
exclusivamente por organismos marinos vivos, especialmente el fitoplancton. Un
biomarcador es cualquier sustancia, estructura o patrón cuya presencia podría
sugerir actividad biológica. Y, quizás, esa es la clave: la palabra “podría”.
La existencia de un biomarcador no implica automáticamente una prueba de vida. Lo
importante en este caso es determinar si esa molécula puede generarse también
por procesos abióticos, sin que la vida medie en el origen de la sustancia.
Algunos astrobiólogos consideran que debemos seguir investigando k2-18b
porque podría suceder que la señal desapareciera al analizarla más
rigurosamente, o incluso que la propia química del exoplaneta fuera capaz de
generar esa sustancia por procesos químicos ahora mismo desconocidos en nuestro
planeta y que habría que plantear en un laboratorio para poder estar seguros de
que sólo la vida es capaz de generar esa sustancia.
En cualquiera de los casos, actualmente se conocen más de 5.500 exoplanetas
y de todos ellos, sólo una fracción pequeña resulta adecuada para poder
analizar sus atmósferas. Esto es así porque para poder hacerlo, el planeta
tiene que cruzar por delante de la estrella en el mismo plano en el que estamos
nosotros observando, la estrella tiene que ser suficientemente brillante y la
señal atmosférica debe ser detectable. Entre los candidatos más interesantes
para la búsqueda de biomarcadores destacan, además, de k2-18b, Trappist 1e,
Trappist 1f, LHS 1140b, TOI-700 d y WASP-39b.
Comentarios
Publicar un comentario