Vera Rubin (1928-2016)
Vera Rubin fue un personaje curioso. Nacida en 1928, sus inicios en esto de la ciencia fueron un tanto anecdóticos. Podríamos decir que todo comenzó un mes de diciembre de 1951, contando Rubin con 23 años y ya casada, cuando su padre decidió invitar a ambos a una reunión de la Sociedad Americana de Astronomía, que se celebraba en el Haverford Colleage, de Pennsylvania. Dicen que estaba nevando y hacía tres semanas que Rubin había dado a luz a su primer hijo. Quizá no era el momento de acudir a un evento así, pero lo cierto es que Vera, graduada en Vassar Colleage y siendo su tesis dirigida por el mismísimo George Gamow, jamás había acudido a una reunión de la AAS y aquel día de diciembre de 1951 no sólo iba a acudir por primera vez, sino que, además, tenía que subir a la tribuna de oradores.
En aquel entonces ella decía de sí misma que era una estudiante regordeta
que nunca había tenido nada que ponerse. Así que decidió comprarse un vestido
azul para acudir al evento. Y desde ese primer momento, podríamos decir que
todo salió, si no mal, al menos, raro. El primer toque peculiar, la primera
sorpresa fuera de guión, fue que el organizador de la reunión decidió cambiar
el título de la charla de Vera, argumentando que el título original, “La
rotación del universo”, sonaba demasiado extraño. Así que ni corto ni perezoso,
procedió a modificar el título por este otro: “rotación de la metagalaxia”. Yo
no sé si aquello molestó o no a Vera, pues no tengo constancia de que se
quejase. Lo que sí sé es que subió al estrado y habló y sus palabras sonaron
extrañas.
Supongamos que el espacio se expande como un globo. El mero hecho de
expandir el globo hace que, si pintamos puntos representando galaxias, estos
puntos se alejen unos de otros. Pero Vera se preguntó si las galaxias tenían
movimientos adicionales no relacionados con la expansión. En nuestro ejemplo
del globo, supongamos que los puntos que hemos pintado no son en realidad
simples puntos, sino hormigas. Estas hormigas, además de alejarse unas de otras
por la expansión del globo, podrían tener luego sus propios movimientos sobre
la superficie del globo, al margen de la expansión… algunas hormigas podrían
acercarse a otras y todas presentarían un movimiento independiente de la
expansión.
Y aquel día, ante los miembros destacados de la Sociedad Americana de
Astronomía, Vera Rubin lanzó los resultados de su hipótesis. Afirmó que había
analizado las velocidades a las que se alejaban más de cien galaxias; comparó
los desplazamientos al rojo de las galaxias con sus distancias; estimó esas
distancias según el brillo de cada galaxia suponiendo que todas las galaxias
del mismo tipo tienen un brillo similar y, con toda esa información, sometió a
“juicio científico” la ley de Hubble, que afirma que hay una relación
proporcional entre el desplazamiento al rojo de una galaxia (el ritmo al que se
aleja) y la distancia a la que se encuentra la galaxia. Explicó que su objetivo
era averiguar si las galaxias se movían independientemente de la expansión del
universo; ver si, como las hormigas sobre el globo en el ejemplo, las galaxias
tenían movimientos propios. Y la conclusión fue que, en efecto, las galaxias se
movían independientemente de la expansión.
Vera Rubin había encontrado galaxias que se movían mucho más rápidamente
que lo predicho por la ley de Hubble. También encontró galaxias que se movían
mucho más lentamente de lo esperado según la ley de Hubble. Así lo explicó
aquel día ante los miembros de la AAS, que se mostraron muy escépticos al
escuchar sus palabras. De hecho, aquellas explicaciones de Vera fueron muy mal
acogidas. Además, Vera había cometido un error infantil: en la muestra de sus
cálculos, no había incluido el cálculo de error. Cuando en ciencia se muestran
los resultados de un experimento que implica medidas, el científico debe dar el
resultado más/menos el error. Es algo que te enseñan en primero de carrera y Vera
estaba dando sus datos sin ese cálculo. Reconocería más tarde que el motivo fue
que no sabía calcularlo.
Claro, cuando tú estás ante científicos de la Sociedad Americana de
Astronomía, presentando una hipótesis que sueña extraña, que además lanza un
misil en la línea de flotación de la ley de Hubble, y no incluyes siquiera el
cálculo de errores en tus resultados, lo mínimo que te puede pasar es que los
presentes no te tomen muy en serio. Aunque, para ser sinceros, Vera Rubín salió
airosa de la situación con cierto sentido del humor. Cuando uno de los
astrónomos le preguntó por qué no incluía un cálculo de error en sus datos, Vera
respondió: «Bien, toda la historia es tan… nebulosa», lo cual motivó que los
asistentes rompieran a reír. También ella. Sin duda, aquello quitó hierro al
asunto. Pero, con o sin cálculo de error, su hipótesis estaba ahí. Cierto es
que tuvo más éxito entre la prensa no científica que entre la científica:
mientras el artículo era ignorado por las revistas de astronomía, Rubin era
portada del Washington Post con un titular un tanto alejado de la realidad:
«Joven madre encuentra el centro de la creación».
Todo esto hizo que Vera abandonara su idea durante dos décadas, las de los
años cincuenta y sesenta del siglo XX, en las que terminó de completar su
doctorado y trabajó en la Universidad de California, en San Diego. En 1977
volvió a la carga. Esta vez se trataba del movimiento de las estrellas dentro
de las galaxias. Según las leyes de Newton, las estrellas del borde exterior de
una galaxia deben moverse más lentamente que las estrellas del interior de la
galaxia, en su giro alrededor del centro galáctico. Rubin y Kent Ford midieron
el espectro de una galaxia entera y consiguieron determinar la velocidad de las
estrellas a todas las distancias al centro. Y descubrieron, con sorpresa, que
las estrellas de la periferia galáctica se movían tan deprisa como las del interior
de la galaxia.
Conclusión: o las leyes de Newton estaban mal o las estrellas de la
periferia estaban rodeadas de mucha más materia que las afectaban
gravitacionalmente y que no podíamos ver. Optando por la segunda de las
hipótesis, las galaxias no serían lo que parecen a simple vista: las estrellas
que podemos ver se encontrarían sumergidas en una masa mucho mayor y que no
podemos ver. Rubin y Ford recolectaron datos de diez galaxias y publicaron su
descubrimiento en 1978. Esta materia no visible fue llamada “materia oscura”. Y
esta vez, sí hubo cálculo de error.
A César lo que es de César: la materia oscura la menciona por vez primera
el extraordinario, genial y excéntrico astrónomo búlgaro Fritz Zwicky
(1898-1974) en 1933. Pero sin duda fue este trabajo de Rubin el que demostraba
que “existe”. Hoy sabemos que toda la materia que forma el Universo visible:
estrellas, planetas, nebulosas, cometas… representa apenas un 15% de la materia
existente.
Y, ¿por qué hablar de Vera Rubin hoy? Porque a principios de este año, se
puso en marcha el observatorio que lleva su nombre, un gigantesco complejo
astronómico situado en el cerro Pachón, en Chile. Han sido más de dos décadas
de diseño y construcción de un observatorio que ya está listo para iniciar una
de las campañas de observación más ambiciosas de la astronomía moderna. Para
muchos astrónomos, este observatorio va a ser el observatorio de la década.
La idea es observar repetidamente, noche tras noche, todo el cielo visible
desde su ubicación, en el cerro Pachón. Una y otra vez, noche tras noche,
escaneando continuamente el firmamento, buscando cambios con su cámara de 3200
megapíxels para construir uno de los mapas más detallados de la distribución de
materia en el Universo. Esto permitirá estudiar la evolución del Universo con
una precisión que no habíamos logrado con anterioridad y mejorar nuestra
comprensión de la materia oscura.
De niña, Vera decía que le encantaba mirar a las estrellas desde la
habitación de su casa. Décadas después, un observatorio llamado Vera Rubin va a
mirar a las estrellas para ayudarnos a comprender mejor el lugar en el que
vivimos.

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