Las Perseidas
Cada verano, los aficionados a la astronomía tienen una
cita ineludible con los cielos. Se trata de las Perseidas, una de las lluvias
de estrellas más esperadas. Cierto es, no lo negaré, que mucho de ese interés
tiene que ver con el verano (en el hemisferio norte), el mes de agosto, las vacaciones…
Incluso, si me lo permitís, a uno, que está chapado a la antigua y, además,
tiene pueblo, le vienen los recuerdos de la infancia donde, alejados de las
grandes ciudades y del “estrés” luminoso, se disponía a observar un cielo negro
tachonado de estrellas. Y es que, las noches de verano, invitan a mirar a las
estrellas y verlas correr por los cielos.
Pero en mi párrafo anterior he dado por sentadas muchas
cosas. Primero, que sabemos qué son las estrellas fugaces, segundo que sabemos
cómo verlas… en resumen, que hay mucho que aclarar y explicar si queremos
entender bien qué estamos observando y no queremos perdernos el espectáculo.
Para empezar, las estrellas
fugaces no son estrellas. Por tanto, cuando hablamos de “lluvia de
estrellas”, ni está lloviendo, ni son estrellas. En realidad, lo que vemos son meteoros, fenómenos atmosféricos que se originan cuando pequeñas
partículas de polvo y roca (la mayoría de ellas no son más grandes que un grano
de arena) penetran a gran velocidad (unos 50/60 km por segundo) en nuestra
atmósfera y son literalmente abrasados por el
rozamiento con los átomos de nuestra atmósfera. Ese abrasamiento produce el
brillo que conocemos como estrella fugaz.
Es importante entender que esas partículas no están ahí
por qué sí. En realidad, son los restos que van
dejando distintos cometas. Cuando se acercan al Sol, los cometas van
sintiendo la presión de radiación de nuestra estrella y los distintos componentes que
forman el cometa, se van rompiendo y se van esparciendo por el espacio, en la
órbita del cometa. Por eso, las colas de los cometas siempre apuntan al lado
opuesto al Sol: da igual si el cometa se acerca o se aleja del Sol, su cola
siempre estará alejándose del Sol.
Cuando nuestro planeta atraviesa la órbita de esos
cometas, “atropella” esos restos que
están ahí y se generan las lluvias de estrellas. Por eso hay varias lluvias
conocidas a lo largo del año, dependiendo de qué órbita (de qué cometa) estemos
atravesando. Las Perseidas, que nos ocupan ahora mismo, son los restos que va
dejando en su órbita el cometa Swift Tuttle,
una inmensa bola de unos 26 kilómetros de diámetro (el cometa Halley mide unos 15 km y, no es que quiera fastidiarle las vacaciones a
nadie, pero el asteroide (o cometa) que acabó con los dinosaurios hace 65
millones de años tenía un tamaño estimado de entre 10
y 15 km). El Swift-Tuttle da una vuelta al Sol cada 133 años aproximadamente.
El cometa fue descubierto de manera independiente por Lewis Swift el 16 de julio de 1862 y por Horace Parnell
Tuttle, el 19 de julio de 1862. De ahí que lleve el nombre de ambos
descubridores. La última vez que pasó el cometa fue en 1992. Así que seguro que ahora mismo hay alguien
pensando que cada vez que la tierra atraviesa la órbita y la barre, va quitando
“suciedad”, por lo que seguramente las lluvias más espectaculares tengan lugar
en los momentos más cercanos al paso de los cometas. Y no está mal tirado el
pensamiento.
Volviendo a las Perseidas, resulta curioso que no se
llamen Swift-Tuttle… en realidad, el nombre lo toman de lo que los astrónomos
llamamos “punto radiante”. Me explico. Al
avanzar la Tierra en su desplazamiento al sol y cruzarse con la órbita del
cometa, va atrapando los restos del cometa y todos parecen venir de un punto en
concreto en el cielo: ese punto se conoce como el punto radiante y es
únicamente un tema de perspectiva. Ese
punto radiante, en el caso de las perseidas, parece surgir de la constelación
de Perseo: es como si todas las estrellas fugaces parecieran surgir de esa
constelación. De ahí que las Perseidas tomen ese nombre. Otra lluvia de
estrellas popular son las Oriónidas y sí, claramente el punto radiante es la constelación
de Orión. Por cierto, las Oriónidas son en octubre y el cometa que las origina
es el Halley. No son tan populares como
las Perseidas simplemente porque ocurren en otoño y no apetece tanto estar al
aire libre mirando al cielo por la noche.
Y, por seguir entendiendo el fenómeno que observamos, hay
que decir que la cola de un cometa suele ser algo grande, algo que mide millones de kilómetros. Obviamente, a la Tierra le
lleva un tiempo atravesar esa distancia. No es algo que ocurra de un día para
otro. Por este motivo, aunque asociamos todos las Perseidas (ocurre igual con
el resto de lluvia de estrellas), con una fecha en concreto (las Perseidas para
las noches del 11 al 13), en realidad se empiezan a ver a mediados de julio y
duran hasta finales de agosto. La fecha
del 11/12/13 tiene que ver con que es el pico máximo donde la probabilidad de
ver más estrellas fugaces es mayor. Eso no significa que si vemos una estrella
fugaz en 20 de julio sea una perseida, pero tampoco quiere decir que no lo sea
(los científicos somos así).
Por tanto, si queremos ver las perseidas, el mejor
momento serán las noches del 11, 12 y 13 de agosto, por la noche, en una zona
alejada de la contaminación lumínica, donde podamos ver un cielo amplio, con un
campo visual grande (así que nada de telescopios, ni prismáticos: ojo desnudo).
Lo ideal es esperar al menos unos 20-25 minutos a
que nuestros ojos se adapten a la oscuridad. Obviamente, nada de
encender el móvil y mirar la pantalla porque eso haría que nuestros ojos
recibieran demasiada luz y tuvieran que adaptarse de nuevo a la oscuridad. Y
buscar también un sitio donde podamos estar cómodos, tumbados sería lo ideal,
mirando hacia la zona de Perseo (noreste): si os disponéis a observar nada más
anochecer, la constelación de Perseo estará saliendo por el horizonte sobre las
22h e irá subiendo cielo arriba a medida que la Tierra rote sobre su eje.
El mejor momento para verlas es alrededor de las 2 am, con Perseo ya elevando en el horizonte y
desde ahí hasta el amanecer. En esas horas es cuando el número de meteoros es
más elevado, rondando los 80/100 meteoros por
hora (más de uno por minuto). La luna, en estos casos, siempre es un estorbo,
porque aporta una luz que no queremos: así que, por una vez, cuanto menos luna,
mejor. Y pensad que las estrellas fugaces vienen en
oleadas… puede pasar que estemos minutos sin ver una y luego aparezcan
seis seguidas. No dejan de ser granos de polvo que nos encontramos en nuestro
camino alrededor del Sol y su distribución es muy aleatoria. Random, que dicen
los modernos.
Y si queréis guardaros un buen recuerdo, mi recomendación
es que hagáis un “time-lapse”. Se pueden
hacer auténticas maravillas si dejáis una cámara grabando durante horas: veréis
la rotación de la tierra y no os perderéis una sola estrella fugaz.
A disfrutar…
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