El reno relativista
Claro: esta pregunta efectuada a un adulto pocas veces tenía una respuesta
comprensible que no fuera más allá de un: “pues porque sí”, o un: “porque los
renos y los camellos son mágicos”, y dejo la mejor para el final: “ya lo
averiguarás cuando seas mayor” … . Reconozco que esta última siempre me dejaba
un poco extrañado, pero con esperanzas de que ese misterio, cuando fuera mayor,
sería resuelto. Ni idea de cómo, pero al menos había un puntito de esperanza,
qué duda cabe.
Y me hice mayor… y lo averigüé… y hoy, aquí, voy a tratar de explicaros a
todos cómo es posible que tanto Papá Noel como los Reyes de Oriente, sean
capaces de entregar los regalos puntualmente a todos los niños del planeta en
sendas noches mágicas. Y el motivo por el que son capaces… ese motivo… la
explicación de ese motivo, más bien… se la debemos a Albert Einstein
(1879-1955) que, aquel año 1905 considerado como el “annus mirabilis”,
trabajando en la Oficina de Patentes de Berna, Suiza, publicó cuatro artículos
revolucionarios, cada uno de ellos merecedor de un premio Nobel: el efecto
fotoeléctrico (en 1921 ganó el nobel por este artículo), el movimiento
browniano, la relatividad especial y la equivalencia entre masa y energía.
De estos cuatro artículos, el que realmente nos interesa para entender el
proceso de entrega de regalos, es el de la Relatividad Especial. Porque ahí
está el quid de la cuestión: si los renos, en vez de ser renos normales, fueran
renos relativistas, estaría resuelto el misterio. Y creedme que llegar ahí no
fue un paso sencillo. Y si no, que se lo digan a Hendrik Lorentz (1853-1928),
que tuvo a su alcance, delante de sus ojos, todo el aparataje matemático de la
teoría y también los hechos. Pero le faltó dar el salto conceptual que sí que
fue capaz de hacer Einstein: por eso consideramos a Einstein un genio de la
física y Lorentz no pasó de ser un gran físico. Y quién dice Lorentz, dice el
resto de los contemporáneos del gran genio alemán. Prometo que, antes de
terminar, os explicaré ese cambio conceptual que hace que Einstein sea
considerado un genio.
Pero empecemos por el principio… Antes de 1905 los científicos creían en la
existencia de una cosa que llamaban éter… ¿Qué era el éter? Vamos a intentar
explicarlo de una forma curiosa, para que el concepto nos venga por sí mismo.
Imaginad un estanque con agua al que lanzamos una piedra. Se forman olas. Esas
olas no son más que una perturbación en el agua que se transmite al chocar unas
moléculas con otras. Se genera una ola que se desplaza por un medio. Esas olas
siguen una serie de ecuaciones que son muy sencillas y que vamos a llamar
ecuaciones de ondas: porque son ondas. ¿Sabéis lo que es una onda sonora? Sí,
¿verdad? Las moléculas del aire vibran y se transmite una onda como las
acuáticas gobernadas, también, por las ecuaciones de ondas.
Pues bien, en 1865, James Clerk Maxwell (1831-1879) revolucionó la física
al publicar un artículo “A dynamical Theory of the Electromagnetic Field” en el
que explicaba las ecuaciones del campo eléctrico y magnético unificándolos en
cuatro maravillosas y simples ecuaciones. Y sí, esas cuatro ecuaciones no eran
otra cosa que ¡ecuaciones de ondas! Porque la luz, amigos míos, no es otra cosa
que una onda. Una onda que, para la mente de los científicos anteriores a 1905,
tenía que desplazarse en algún medio. Las olas, en el agua… el sonido, en el
aire (recordad que en el espacio no hay atmósfera, no hay aire y el sonido no
se propaga: podría estar explotando una nave espacial detrás de ti en el
espacio y no oirías nada, al no tener la onda sonora un medio por el que
transmitirse). Pero, ¿en qué medio se transmitía la luz? Lo has adivinado: en
el éter.
En esas ecuaciones maravillosas de Maxwell hay dos constantes, una es la
permeabilidad magnética, que mide la capacidad del vacío (bonita palabra que se
nos cuela en mal momento: venga, llamémosle éter y así no desvelamos nuestras
cartas antes de tiempo); de la permeabilidad magnética, decía, que mide la
capacidad del “éter” para permitir que se establezca un campo magnético y la
segunda constante es la permitividad eléctrica, que mide la capacidad del
“éter” de permitir que se establezca un campo eléctrico. Lo mágico de estas dos
constantes es que hay una relación entre ellas dos y la velocidad de la luz. En
concreto, la velocidad de la luz es uno dividido entre la raíz cuadrada del
producto de ambas constantes. ¿Por qué os cuento esto? Porque haga lo que haga
con dos constantes, las multiplique, las divida, las sume, las reste… da igual:
el resultado siempre será una constante. Sí, las ecuaciones de Maxwell afirman
que la velocidad de la luz es una constante.
Y ahora, vayamos a los hechos. Todos los científicos pensaban que el éter
era una realidad porque la luz, al ser una onda, necesitaba un medio por el que
propagarse. El éter, por tanto, debía ser un marco de referencia universal, ser
fijo y absoluto. Y las cosas debían moverse con respecto a ese éter que
formaría todo el universo. La Tierra, por tanto, al moverse alrededor del Sol,
se estaría desplazando con respecto al éter. En 1887, Michelson y Morley
realizaron un experimento increíble que, al fin y a la postre, es uno de los
grandes hitos de la física moderna. Albert A. Michelson (1852-1931) y Edward W.
Morley (1838-1923) construyeron un interferómetro que dividía un rayo de luz en
dos partes, que viajarían siguiendo trayectorias perpendiculares. Cada rayo se
reflejaba en un espejo y volvía a unirse creando interferencias. La idea de
ambos físicos era que si la luz se veía afectada por el movimiento de la Tierra
(el rayo debería viajar más rápido o más lento según se moviera en la dirección
de la tierra o perpendicular a ese movimiento), las franjas de interferencia
deberían cambiar al rotar el aparato.
Una forma sencilla de entender esto es pensar que estamos en un tren,
moviéndonos a 10 km/h. Si por el pasillo del vagón lanzamos una pelota en el
mismo sentido de avance del tren y la pelota se mueve, respecto a nosotros, a
10 km/h, la misma pelota, vista desde el andén por una persona fuera del tren,
se moverá (para ese observador) a 20 km/h. Y si la lanzáramos en sentido
contrario a la marcha del tren, para el observador de fuera la pelota estaría
totalmente estática en el mismo punto, sin moverse. Eso mismo era lo esperado
en el experimento de Michelson-Morley: si “lanzábamos” el rayo de luz en el
sentido de movimiento de la Tierra, la velocidad de la luz debería ser la
propia de la luz más la velocidad de la Tierra. Sin embargo, lo observado era
algo totalmente distinto: la luz permanecía constante con independencia del
movimiento del observador.
Lorentz construyó unas ecuaciones matemáticas para relacionar espacio,
velocidad y tiempo entre dos observadores, de manera que la velocidad de la luz
fuera constante. Como consecuencia de este hecho, las ecuaciones de Lorentz
indicaban que, para un observador que se moviera a velocidades cercanas a la de
la luz, el espacio debía contraerse y el tiempo dilatarse: era la única manera
de que ese observador se pusiera de acuerdo con otro que estuviera parado en
que la velocidad de la luz para ambos era la misma.
La Relatividad Especial estaba lista para ser explicada. Pero, como os
decía más arriba, Lorentz no supo interpretar bien el resultado físico real de
sus ecuaciones matemáticas. Lorentz estaba convencido de que el éter existía y
era el medio por el que se transmitía la luz y toda su física trataba de
conciliar el concepto de éter con las ecuaciones de Maxwell. Sin embargo, el
genio de Einstein estuvo en prescindir del éter: para él, el éter no era
necesario y no existía. La luz era una onda electromagnética que se transmitía
en el vacío, sin que existiera ningún medio para ello. Por tanto, no existía un
marco referencial absoluto y lo único que era cierto era que la velocidad de la
luz es la que es, con independencia de cómo se mueva el observador. En cuanto
al tiempo, Lorentz pensaba que la dilatación del tiempo era un efecto para que
sus ecuaciones funcionaran, pero no tenía un sentido físico real. Para Einstein
simplemente la naturaleza era así: nos toca vivir en un universo en el que el
tiempo es una cualidad que depende de cómo se esté moviendo el observador: si
te mueves cerca de la velocidad de la luz, aunque para ti el tiempo transcurre
normalmente, un observador que no se mueva te dirá que tu tiempo es muy lento y
que un segundo dura, en realidad, muchísimo tiempo.
Siendo esto así, un reno que se mueva a velocidades cercanas a la de la
luz, medirá un espacio mucho más corto entre dos puntos de lo que lo haces tú,
un observador que está quieto. A la vez, para el reno, un segundo de tiempo es
para ti una eternidad… por eso, en lo que para ti transcurre unas horas por la
noche, para el reno son meses y meses. Así pues, el reno tiene mucho más tiempo
del que tú pensabas para poder entregar los regalos y, además, cuenta con que
la distancia entre las casas es mucho menor para él que para ti.
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